viernes, 23 de marzo de 2007

Tópica, arquitectura y literatura

Uno de los conceptos centrales con los que Aristóteles construyó su Retórica es el concepto de Tópica. La Tópica es el conjunto de los lugares a los que recurre el pensamiento para formar argumentos, lo que implicaría de entrada entender que el razonamiento tiene una dimensión espacio-temporal. Técnicamente podríamos decir entonces que el objeto de estudio de la Retórica son los “lugares de pensamiento”, al menos en lo que llamamos Invención (primera de las partes de la retórica) que no es otra cosa que la búsqueda de los tópicos que son adecuados a cada situación para persuadir. Nosotros, en el diseño gráfico, hemos estudiado cómo, por ejemplo, cuando pedimos a los estudiantes que hagan un cartel para un evento de jazz, la mayoría recurre a la figura del saxofón, o cada vez que se hace una cartel para difundir el hábito de la lectura se recurre a la idea de las “aves que salen de un libro abierto”, como metáfora de lo que la imaginación es, para hablar de la lectura (tal expresión es por tanto una metonimia). En estos casos no es que los fenómenos estén aprehendidos irrevocablemente en tales imágenes, sino que más bien se ha recurrido a la “enciclopedia común” (la tópica) para realizar (o a aspirar a realizar) cierta comunicación. Esos “lugares de pensamiento”, por ser compartidos por una colectividad como sitios a los que normalmente se recurre para pensar, fueron entonces llamados lugares comunes. Aristóteles hizo un primer intento de clasificación de estos, y la Retórica constantemente ha afinado esta clasificación. Normalmente la noción de lugar común tiene en nuestro tiempo una connotación peyorativa, pues se considera que el pensamiento que recurre a tales lugares es pobre y redundante. Pero para los griegos no es este el sentido que tal noción quiere tener: en principio, porque la cultura está formada por tópicos de los que es indispensable tener un buen depósito en la memoria para poder pensar, incluso es condición para la innovación. Aristóteles a su vez habla de que existen lugares propios y lugares nuevos. Lugares propios son los tópicos de un campo especializado (es decir que tiene lugares propios para argumentar) mientras que los lugares nuevos son las nuevas colocaciones mentales que se requieren para la asimilación de nuevas situaciones. Pero en todos los casos existe una interdependencia con lo lugares comunes, pues el lenguaje siempre actúa en función de las creencias, los pensamientos y las acciones de una colectividad. Buena parte del discernimiento que se requiere para eliminar la ambigüedad, la falacia y el malentendido depende del manejo de los lugares comunes. Tal cosa se ha podido comprobar por ejemplo en la invención tecnológica de las computadoras, que manejan algoritmos matemáticos muy complejos para funcionar pero los cuales pueden ser domesticados a favor de los usuarios a partir de que sus trayectorias son hechas íconos evidentes (o interfaces) gracias a los lugares comunes: sabemos qué es un clip, un archivo, un basurero, un lápiz, una lupa; y operando con estos lugares (tomados casi siempre de tópica de las oficinas) es que podemos entender a la máquina.
Vemos así también la enorme relación que se puede establecer entre la palabra y la imagen, o entre el razonamiento y el diseño, a través del concepto de tópico como “lugar de pensamiento” o como “colocación mental”, pues toda perspectiva sobre cualquier tema depende del lugar desde el que se le aprecia (y por definición los hombres son sujetos que varían de lugares, pues su condición es la indeterminación). Sin embargo hay un hecho interesante: la noción misma de tópica es metafórica, está tomada de la arquitectura, y esta condición no es gratuita, pues recordamos las cosas por el lugar que ocupan en el espacio, o dicho de otra forma, sólo podemos pensar en lo que aparece, lo que se manifiesta, y de ahí la enorme importancia que la retórica concede a lo epidíctico (lo que manifiesta su ser en una presencia específica) para persuadir. Las reglas mismas de la polis dependen de la lógica de “las presencias”, la “plasticidad de las nociones”, la “elocuencia de las formas”. Los lugares son pues políticos.
Ejemplos que siempre me han parecido cruciales en la retórica del diseño es el estudio de los lugares desde los que se emprenden las acciones cotidianas y que contienen una falacia, ya que éstos terminan por generar diseños que a la postre generan problemas para la polis. Un caso es el de las rampas para los discapacitados en los espacios públicos, que durante siglos no fueron consideradas, después fueron consideradas de forma insuficiente, hasta que un día visité un teatro donde se habían reorganizado totalmente los lugares de pensamiento y el arquitecto había colocado una rampa en forma de caracol en el centro de la entrada (la forma más llamativa de la portada del edificio) y las escaleras para personas sin silla de ruedas corrían por las laterales. Era un teatro donde la idea de “ser iguales” implicaba no ofrecer ayuda sino generar mayores derechos a los discapacitados. La arquitectura como todas las formas epidícticas manifiesta acuerdos sociales tácitos, y podríamos pensar la ciudad retóricamente como el conjunto de los emplazamientos que consignan en el espacio los lugares desde los que debemos proceder y comportarnos: El estudio de estos mecanismos retóricos bien merece una investigación propia: analizar los lugares de pensamiento desde los que procede lo construido y comprender cuáles son sus consecuencias para la acción, he ahí también un proyecto para la arquitectura y el diseño.
Y para mejor alimentar este trabajo, el trabajo de invención y de proyectación, se ha formulado a su vez la posibilidad de un nuevo procedimiento: generar arquitectura a partir de la literatura. Si consideramos que un relato es una arquitectura, que organiza la experiencia conforme a los lugares que pone en juego dentro del “convenio de lectura”, qué mejor arquitectura que aquélla que hiciera posible habitar físicamente los argumentos formulados en Juan Rulfo, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges o João Guimarães Rosa. Pensemos sobre todo que estos escritores incursionaron en la tópica literaria de sus culturas y generaron nuevos lugares para reorganizar nuestro lugar en el mundo. ¿no es posible generar las metáforas arquitectónicas capaces de especializar la experiencia de su lectura en nuestros infaustos espacios latinoamericanos? He ahí un reto mayor para nuestra tópica y para nuestra retórica arquitectónica y diseñística: enseñar a actuar conforme a los modelos de pensamiento literario que más profundamente han penetrado nuestra condición.
Este proyecto ha sido asumido, al menos como inicio, por tres interesados en el diseño, la arquitectura y la literatura, que en conjunto asumirán las miradas desde Brasil, Chile y México: Luis Antonio Jorge, Alicia Paz y un servidor, esperando que se sume también Lyara Apostólico (desde Brasilia) en la ardua tarea de emprender también, junto con nosotros, la “arquitectura de un sitio web” con el pensamiento de Guimarães Rosa. Y es que, parafreasando al autor del Grande Sertão: Veredas, (y cambiando la palabra literatura por arquitectura) podríamos decir:

A língua (a arquitetura) portuguesa (e latinoamericana), aqui no Brasil (México o Chile) , está uma vergonha e uma miséria. Está descalça e despenteada;.... É preciso distendê-la, destorcê-la, obrigá-la a fazer ginástica, desenvolver-lhe músculos. Dar-lhe precisão, exatidão, agudeza, plasticidade, calado, motores. E é preciso refundi-la no tacho, mexendo muitas horas. ... A nossa literatura (arquitectura o diseño), com poucas exceções, é um valor negativo, um cocô de cachorro no tapete de um salão. Naturalmente palavrosos, piegas, sem imaginação criadora, imitadores, ocos, incultos, apressados, preguiçosos, vaidosos, pacientes, não cuidamos da exatidão...... Quem pode, deve preparar-se, armar-se, e lutar contra esse estado de coisas. É uma revolução branca, uma série de golpes de estado.
Carta de Guimarães Rosa a Vicente Guimarães, 11 de mayo, 1947


Traducción:
“La lengua portuguesa, aquí en Brasil (la arquitectura latinoamericana), está hecha una vergüenza y una miseria. Está descalza y despeinada… Es preciso distenderla, destorcerla, obligarla a hacer gimnasia, desarrollare músculos. Darle precisión, exactitud, agudeza, plasticidad, relieve, motores. Es preciso refundirla en el cazo, meneando muchas horas…Nuestra literatura (nuestra arquitectura), con pocas excepciones, es un valor negativo, una cabeza de cachorro en el tapete de un gran salón. Naturalmente habladores, sentimentales, sin imaginación creadora, imitadores, huecos, incultos, apresados, prejuiciosos, vanos, impacientes, no cuidamos de la exactitud…quien pueda, debe prepararse, armarse, y luchar contra ese estado de cosas. Es una revolución blanca, una serie de golpes de estado”

João Guimarães Rosa