
El libro de Curtius es entonces una colección de lugares del discurso que han tenido una larga influencia cultural, como es el caso de la tópica de la falsa modestia, del mundo al revés, del héroe, de las musas, la tópica de lo indecible, del paisaje ideal así como varios tipos de metáforas que actúan sistemáticamente.
Uno de los tópicos clásicos es el del paisaje, escena que suministra un escenario ideal para la vida y el cuál ha sido convocado en diversos discursos. Según Curtius una fórmula fija del paisaje, que fuera invención de la poesía bucólica temprana, es el “paraje ameno” (locus amoenus) . El paraje ameno es parte de los esquemas de la tópica panegírica, que sirve para establecer el ámbito del hombre ideal, en especial el ámbito de la poesía. Sus componentes son muy específicos y aparecen en los diccionarios de retórica antigua, a los cuales recurrían los escritores para descubrir sus fórmulas de imaginación: tiene que ser “un paisaje placentero, con su árbol, su fuente, su prado; el bosque poblado de diversas especies de árboles, la alfombra florida” Tiene que tener “ante todo sombra, además una fuente o un arroyo que refresquen, y además una alfombra de césped en qué sentarse”. En el paraje ameno tiene que realizarse una actividad placentera, una actividad libre, no lucrativa, lejos de la ciudad, como filosofar, tocar música, descansar, escribir. Es un tópico bien establecido. “Escribir poesía bajo un árbol, en el prado y junto a una fuente, será en la época helenística un motivo poético. Para escribir de este modo hace falta un marco sociológico, esto es, un oficio que exija la vida al aire libre o en el campo, lejos de la ciudad”.


Este paraje ameno es invocado siempre que se trata de atemperar el ánimo invocando a la naturaleza. Virgilio coloca a Eneas en un paraje ameno después de que sufre un naufragio, el héroe será después el fundador de Roma. La invocación a la naturaleza parece ser noble, pura, diamantina, sin embrago, como dice Curtius, “no se trata aquí de un sentimiento de la naturaleza –concepto, por cierto, poco aclarado- sino de técnica literaria.” Tales paisajes no provinieron nunca de la observación, sino de la invención poética, y no es curioso que durante el Renacimiento, cuando es necesario dar volumen visual a la figura de Jesucristo (cuya difusión ecuménica-visual es en gran medida un producto de la aplicación de los tópicos de la retórica a la cristiandad) éste apareciera en el lecho de su nacimiento justo en un “paraje ameno”, es decir, en un ámbito pastoril, en medio de una fuente de agua, con una floresta en rededor, todo lo cual produce un efecto de naturalización y de humildad ideal que fueron necesarios para generar las motivaciones necesarias para creer en los preceptos de la religión.

Tópicos como este demuestran incluso hasta qué punto la cristiandad dependió de la Retórica antigua, al punto de que podemos decir que la cultura occidental sólo nace cuando la tradición cristiana y la tradición helénica se fecundan entre sí.
El paraje ideal, una vez establecido como tópico retórico-literario bien preciso, estaba presente (más que la observación en sí) en el surgimiento de la pintura del paisaje que surge en el renacimiento, la cual más que representar “la realidad” crea el ideal literario en el cuadro. El cuadro debe parecerse más al tópico que la escena ante la vista (pues la escena difícilmente coincide con ese ideal) y por ello decimos que tales paisajes son “pintorescos”, pues atienden sobre todo a la tópica establecida, al estatus que como discurso deben alcanzar. Veamos en las imágenes anexas la consistencia del tópico en los cuadros que iniciaron la pintura del paisaje en los siglos XV y hasta el XIX en las obras de Salomon van Ruysdael, Poussin, Aelbert Cuyp, Berend Cornelis, Claude Lorrain o Rembrandt.



La caza. José María Velasco
1 comentario:
QUé maravilla de entrada, estaba buscando una información del paisaje y me he topado esta joya. Muchas gracias
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