domingo, 11 de marzo de 2007

Ductus y Color

"A él le hubiera gustado ser ciego, lo mejor que hay para
filosofar y no para ver, hora tras hora, esos objetos que
lo hubieran distraído de aquéllos otros que, raros y ocultos,
su excelente meditación formaba. No tuve la
audacia de culparlo como un gran filósofo, pero nunca
intenté imitiralo tampoco "
León Battista Alberti
Justo como sucede en una partitura musical, donde la tónica (o nota principal) establece el modo, hace nacer la armonía e inicia el tema, la enseñanza retórica confiere una gran importancia al fluir del discurso y a sus silencios, sus matices, sus énfasis y sus imágenes, ya que a través de la armonización de estas cualidades el desarrollo de un argumento puede ser claramente percibido y disfrutado por los lectores. De esta convicción surgen en la Retórica antigua los conceptos de Ductus y Color, como dos elementos que son vitales para la constitución del discurso. Ductus hace referencia al fluir del discurso, al ritmo que se le imprime a una palabra o a un trazo (en pintura) en función de los efectos que se desea producir en la audiencia. En el discurso verbal y escrito el ductus es el cálculo que hacemos de la percepción que tendrá el lector para decidir a partir de ahí cuál será recorrido por las palabras, cuál la extensión de sus períodos, cuál el peso de sus pausas, silencios, énfasis y digresiones, así como también el ritmo, volumen y cadencia que tomará la voz. El propósito es hacer dúctiles las ideas, es decir, permitir que fluyan de forma adecuada en la mente de la audiencia. Igual que como pasa en la física, donde hay unos elementos que son más dúctiles que otros, sabemos que hay discursos que se adaptan mejor a los fines de la argumentación por el tratamiento del ductus, que será por tanto una consideración específica del auditorio.
Una parte importante en el arte de hacer dúctil una argumentación es el color. El color no es una cualidad que sólo esté presente en las imágenes, sino que desde la antigüedad se habla de que su eficacia está presente tanto en la pintura como en la oratoria. Las palabras tienen color. A ello se refería Aristóteles cuando decía que la Retórica se ocupa también de las cualidades de representación que tendrán las ideas, en la cual las figuras funcionan como imágenes, con toda la carga de su coloración. La Retórica romana es la que hace un uso profuso de la metáfora del color para hablar de las estrategias de comunicación en el arte oratoria tanto en la expresión de lo sublime (por el uso de las figuras) como para la eficacia persuasiva de los argumentos. Cicerón habla de las flores de la retórica para referirse al talante del discurso, pues los oradores usan las figuras como del mismo modo en que los pintores se sirven de los colores. La Retórica para Herenio plantea también que las figuras que se dispersan en el discurso son como los colores que dan relieve a las ideas que representan, mientras que Séneca y Quintiliano señalan que los colores son modos peculiares de describir una acción, discutir un asunto o defender una causa, y establecen la armonía global de un discurso, son la causa de que éste adquiera una “coloración integal”. Chaim Perelman a su vez retoma esta tradición y habla de “la plasticidad de las nociones”, pues el tono de las palabras establece ya la perspectiva que asumimos frente a un asunto. Así, tiene sentido también la afirmación de Jacqueline Lichtenstein respecto a que escribir es semejante a pintar, pues ambas actividades dibujan en la mente las ideas con colores. Lichtenstein habla desde la óptica que vincula a la escritura con la pintura a través de la Retórica, contraviniendo a la costumbre que separa estas actividades como opuestas. Y uno de sus elementos de análisis es justamente la noción de color: mientras la “la retórica aspira a controlar la elocuencia dentro de un discurso regulado, la pintura lo hace para inscribir las reglas del discurso dentro de sus imágenes. Una intenta limitar el lugar del cuerpo insistiendo en figuras del habla y del pensamiento (que nada tienen que ver con un mero artificio estilístico); la otra trata de reducir la importancia de la dimensión específicamente visible de la pintura, sus colores y sus materiales, favoreciendo las cualidades más abstractas de su concepción y su dibujo” (Jacqueline Lichtenstein, The Eloquence of Color: Rhetoric and Painting in the Fench Classical Age, Berkeley, Los Angeles, Oxford: University of California Press, 1993, pp. 6-7)

Un ejemplo:
Además de los muchos escritos que podemos invocar para observar el funcionamiento del Ductus y el Color como instancias decisivas de la composición, un buen ejemplo lo tenemos en la arquitectura de Luis Barragán, ya que estos dos conceptos son escenciales en sus construcciones. Barragán planea los espacios, volúmenes y recorridos con el fin de generar una tersa y significativa navegación de los usuarios, en donde la transición entre los elementos naturales (como la luz o las plantas) y los artificiales es siempre dúctil, y en cuyas disposiciones geométricas se recurre reiteradaente al abundante uso de los colores mexicanos (tópica que ha tomado de los pueblos rurales y de los usos cromáticos de los albañiles humildes). Las obras de Barragán generan además ritmos lentos; sus obras tienen pausas, matices, digresiones, descansos y silencios para favorecer mejor la comprensión de los temas. Gran retórico de las edificaciones, Barragán es una excelente manera de ilustrar los dos conceptos que nos ocupan:

Casa de Luis Barragán, 1948. Sus disposiciones fueron construidas con los elementos que esperaríamos también de un discurso escrito: orden, fluidez, alternancia de materiales distintos, colores variados y definidos, profundidad... y con ventanas que favorecen el paso de la luz....