El principio de este vínculo radica en que tanto la deliberación oral como la música se ejercen en el tiempo y se reciben por el oído. La modulación de la voz, el tiempo de las frases, las pausas y silencios, así como el orden de los períodos para distribuir los temas, eran factores fundamentales para vincular las ideas con las emociones, aspecto que es decisivo para la persuasión, por lo que se generaron numerosas convenciones para marcar estor aspectos. La música, una forma sensible de expresar las operaciones matemáticas, recibía en la antigüedad un tratamiento similar al de la oratoria, ya que su ejecución implicaba criterios análogos: la modulación tonal y su despliegue sobre el tiempo debía distribuir los tópicos de una forma armónica con el oído del espectador. Y es que la oratoria como la música persuaden por que movilizan un logos, establecen un ethos y apelan a un pathos.
Una clara muestra de la estrecha relación que existía entre Retórica y Música en la época de la Grecia y la Roma clásicas son los sistemas de notación que se desarrollaron de forma común. Como la persuasión se logra con las alteraciones continuas de ritmo y de distribución tópica que se organizan sintácticamente, los antiguos desarrollaron símbolos para marcar estas modulaciones sobre los manuscritos, símbolos que establecen las formas de repetición, contraste, extensión, dinamismo, acento, cesura y articulación, las cuales se usan tanto en la oratoria como en la música. Ellen Lupton ha señalado entre otras cosas que es esta necesidad de marcar la modulación oral la que hizo nacer los primeros signos de puntuación: la comma y el punctum (para marcar períodos) cuyo origen no es gramatical sino retórico, y los cuales fueron inventados por Aristófanes, un bibliotecario de Alejandría que había leído la retórica de Aristóteles y diseñó un primer sistema para hacer estas marcas de la deliberación oral sobre los manuscritos. Estas mismas marcas son también el origen de los primeros sistemas de notación musical: la virga y el punctum (y el punctus interrogativus), que evolucionaron después como símbolos ya muy especializados y diferenciados, pero cuyo origen es común:
Mas tarde la escritura desarrolló todo un repertorio de signos de puntuación para guiar las marcas de la deliberación retórica sobre los textos, y lo mismo ocurrió con la notación musical, como sucede con el marcaje de las pausas, elementos indispensables para el ductus de las ideas:
En principio pues la notación musical no estaba constituida por notas sino por marcas de deliberación para la ejecución, como sucede con el sistema de neumas. Los neumas son sistemas de notación que establecen el orden de las pulsaciones. Los neumas simples son virga (rama), pes (pie), clivis (cuesta), torculus (torcedura), porrectus (alargado), climacus (clímax escalera), sandicus (subir), salicus (saltar), que como se ve son equivalentes a algunas figuras retóricas de pronunciación como la anáfora, la gradación, la repetición, la epanalepsis, la paronomasia o la elipsis. Esta convergencia llegó a tener un sinnúmero de figuras comunes. Veamos por ahora la notación de los neumas simples:
Sobre esta base se desarrolla así la noción claramente establecida de que la modulación de la voz oral y la voz musical persuaden a partir de que colocan las ideas en función de la producción de las emociones, tal es la base de la teoría de los afectos, sobre la que se estableció la notación musical hasta el renacimiento y el barroco, y que involucra también los lugares del modo, cuando hablamos de tonos mayores (cuyo efecto es producir emociones positivas) y tonos menores (que suscitan siempre una sensación amarga o lánguida). Esta teoría dio un impulso tan contundente a la retórica sobre la música que hizo que ésta, la música, pasara a ser vista más dentro del terreno de las humanidades que de las solas matemáticas, dado el poder expresivo al que podía llegar para conmover. El período en que Johann Sebastián Bach compuso su obra fue un período donde la relación entre Música y Retórica llega a su máximo desarrollo. Bach había estudiado sobre la base de las Artes Liberales, y aplicaba puntualmente los métodos de la Retórica para la composición musical. Varias de sus obras están constituidas por una Dispositio que parte del exordio (introducción), la narratio (la historia en conexión con el tema) la propositio (los contenidos actuales del discurso), la confirmatio (la confirmación del tema y su argumento) la confutatio (las objeciones y refutaciones) y la peroratio o conclusio (el sumario o conclusión)
He aquí dos fragmentos del Preludio y Fuga V en Re Mayor del Clave bien temperado, libro I, BWV 848, donde aparece el período de la confirmatio y la confutatio:

El canon de la Retórica clásica en la música antigua, bien conocido por los historiadores, fue sin embargo refutado (como toda la Retórica) en períodos posteriores, como sucedió en la época del romanticismo, y también por el auge de las gramáticas (que subordinaron el aspecto deliberativo al de la sintaxis como orden puramente lógico), sin embargo algo que había quedado establecido gracias al desarrollo de la tradición es que la música persuade sobre todo en función de que desarrolla una línea argumentativa, narra una historia, modula de forma elocuente las frases y los ritmos, establece un ethos (el ethos del compositor) y opera sobre el sujeto por via de los afectos. De hecho se considera a la música como un lenguaje que se relaciona directamente con la dimensión emocional de la audiencia. La música parte para ello de su propia tópica, de sus propios lugares argumentativos. Decimos que tiene tema, que sigue una línea argumental montada sobre una base, el ritmo, que siempre es una pulsión organizada que metaforiza una forma de percibir el mundo.
Para dar una definición retórica de este lenguaje, podemos establecer que la música es un sonido organizado por las personas para conseguir un propósito: danzar ese sonido, contar una historia, hacer que otras personas movilicen sus emociones de una cierta forma, lograr que algo suene bien o simplemente lograr el entretenimiento. La música se organiza en diferentes niveles, según los sonidos sean dispuestos (dispositio) en melodías, armonías, ritmos, texturas, frases, pulsaciones, golpes, cadencias y timbres, todos los cuales ayudan a hacer que un argumento sea comprensible, intentando lograr que las ondas sonoras producidas generen un efecto interesante o agradable. Las culturas se definen, entre otras cosas, por las formas en que organizan su música, ya que esta metaforiza siempre los modos de existencia de los grupos humanos.
En la era contemporánea algo que fija la tópica musical es la definición por géneros, estilos y autores, de forma bastante diferenciada. Ya no basta decir música clásica para entender todo lo que sucede dentro de ese género, y por otra parte podríamos hablar de más de 40 ritmos afroantillanos diferentes sólo en Cuba, sin dejar de advertir la especificidad y las variaciones del Reggae, el Jazz, el Blues, el Rock , la Samba, o lo que llamamos los géneros experimentales.
La música popular, ampliamente extendida por el mundo, parte sin embargo de una fuerte estandarización que se basa en la repetición (y fácil comprensión y memorización) de los argumentos. Es significativo que en éste ámbito la base retórica más simple sobreviva aún de una manera tan consistente: la pieza establece una nota principal (llamada Tónica), luego narra su contenido y vuelve a la tónica principal para concluir. Los musicólogos han estudiado a los escuchas y casi unánimemente éstos concuerdan en que perciben las canciones pudiendo identificar claramente pasajes que tienen el siguiente orden: introducción, exposición, desarrollo, transición y conclusión o cierre. Este modelo canónico de la retórica musical está presente desde Bach, Haydn y Mozart hasta los Beatles, Caetano Veloso o Duke Ellington (sus piezas populares, claro). El modelo de la retórica parece haberse construido pues sobre un sistema de percepción de la narración que es bastante natural en las personas.
Retórica en una canción.
Veamos un ejemplo sencillo: “Taxman” de The Beatles. Esta pieza está construida con 5 tonos solamente, y sigue una secuencia canónica como la que hemos referido: Introducción, exposición, desarrollo, transición y conclusión. La introducción tiene lugar cuando los músicos, con voz exagerada, remedan el conteo que las bandas hacen para comenzar a tocar: “One, two, three, four, Hmm! One, two, three, four! e inmediatmente entran las guitarras, el bajo y la batería que marcan un rasgueo fuerte y conciso que golpea varias veces. Se ha establecido así el ethos de la canción, basada en el humor, y sobre ese carácter la canción inicia su tema, a través de la letra “Dejame decirte cómo será: hay uno para ti, noventa para mi, pues yo soy el cobrador de impuestos”, esta estructura se mantiene en el siguiente estribillo: “si el cinco por ciento te parece muy pequeño, da gracias de que no tome todo”. De este modo se ha conocido el tema (exposición), construido con base en la ironía: el narrador declara en primera persona lo que realmente está en la cabeza de un cobrador de impuestos, esto es, abusar todo lo que puede. Esta idea sin embargo se establece de forma abstracta, sin que se explicite de qué cosa estamos hablando (la suponemos ya cuando se trata de ese oficio), pero la primera persona permite crear la ironía, la implicación directa del escucha y la imitación (ridiculización) de la especie humana a la que se refiere. Entonces la canción cambia de tono y viene el desarrollo, donde las sospechas se confirman y el asunto se especifica, atendiendo al logos: “si conduces tu auto, entonces gravaré las calles, si intentas sentarte, gravaré tu asiento, si sientes frío, gravaré el calor”. Este desarrollo se hace con un juego entre el coro (que plantea los asuntos “si quieres caminar”) y el narrador (que responde “gravaré tus pies”). Y después aparece lo que en retórica se conoce como La Epizeuxis (figura de repetición), que es muy común en las canciones: una palabra se repite para calar la mente del público: “Taxmaaan!. La canción pasa entonces a un período de transición, hecho con un requinto. Decimos transición porque esta parte está construida sobre la base inicial, lo que cambia es que no hay letra, pero el tema se mantiene: es decir, no llega a ser una refutación a menos que consideráramos al requinto lo suficientemente ácido como para tal cosa, pero después de ello volvemos al tema principal, y a la tónica; “Porque yo soy el cobrador de impuestos, sí el cobrador de impuestos”. Después de lo cual volvemos a un párrafo donde se retoma el primer tipo de estrofa: “Ahora mi advertencia para aquéllos que mueren, declaren los centavos en sus ojos”. Y finalmente llegamos a la conclusión: “Y recuerda que no trabajas para nadie más que para mi, Taxman!!!”.
Con esta pieza, hecha además con una métrica rimada simple, los Beatles demostraban cómo la juventud podía tomar la voz y utilizar al rock para expresar abiertamente sus críticas a las costumbres sociales, como no la habían hecho las generaciones anteriores. La Retórica fue un recurso para poder abrir esa puerta.




Aristóteles trató el tema en su Poética. Decía que la Mimesis es una forma natural de aprender, algo que hacemos desde niños: utilizar el palo de la escoba como caballo, por ejemplo. Llevado al arte, el mecanismo de la Mimesis se convierte en un tratamiento depurado, utilizable para la deliberación persuasiva o para el teatro. De hecho de su cultivo surge una disciplina como la Mímica, que es el arte de ver lo que no hay a través de los movimientos del cuerpo, es decir, la Mimesis está más relacionada con la ilusión que con la verdad. Aristóteles decía por ello que el arte de la Mimesis tiene tres principios:
Tal es el efecto de la Mimesis, generar un modelo visual para la argumentación. Este artificio es milenario y siempre provee un poder considerable. Una de las primeras técnicas visuales sofisticadas para persuadir con ayuda de la Mimesis fue la invención del óleo, ya que la textura y color de los aceites daba una sensación de presencia absoluta a aquello que se pintaba. Los habitantes de las ciudades renacentistas tendrían pocas objeciones al relato de Cristo hecho por los teólogos ya que no sólo las retículas de las ciudades, las torres de las iglesias o los campanarios estaban hechos conforme al canon divino e impregnaban la vida cotidiana, sino que además las escenas de la crucifixión “las habían visto” en los cuadros. Cristo, por otra parte, como la ballena de la que hablamos antes, no se habría parecido fisonómicamente en nada al rostro canónico con el que era pintado, pero cuando hablamos de Mimesis hablamos de techné y no de verdad:
Los últimos tiempos han dado un cauce vertiginoso al viejo arte de la Mimesis, a partir del desarrollo de la tecnología. Tanto el internet como el cine, la televisión o la animación por computadora, hacen que el placer cognitivo de las técnicas miméticas jueguen un papel considerable en las formas de persuasión. La publicidad es otro de los géneros, por cierto, que mayor explotación hace de este artificio retórico que, como decía Aristóteles, genera un placer por sí mismo independientemente de lo que contiene. Tal cosa es motivo además de una constante exploración:
En la prensa y las noticias la mimesis forma parte de la argumentación ahí donde se apela a la existencia de los “hechos”. Los titulares declaran y las fotografías “muestran”. Y realmente hemos terminado por no creer en lo que no se ve (recuerden las tomas en vivo del bombardeo a Irak o las escenas filmadas del ataque a las torres gemelas). Toda nuestra industria periodística parece estar basada en la explotación de este artificio retórico. Y con todo, sabemos que, sin negar la facultad documental de las imágenes de prensa, los usos discursivos de las mismas siempre están a disposición de una interpretación, lo mismo que el fotógrafo, que necesita esquemas para ver lo que ve y para decir lo que tiene que decir, acto que, por supuesto, nunca es inocente.