
Sin duda uno de los artificios modernos en los que más clara y significativamente observamos la generación de unas presencias reales sobre nuestro entorno son el tatuaje y piercing, artificios que por su naturaleza consideraremos también como propios del discurso epidíctico. Hoy en día muchos jóvenes (y no tan jóvenes), de clases tanto medias como populares, hombres y mujeres por igual, han adoptado esta expresión como un elemento que incide en el diálogo y en la conducta, en la construcción de la identidad y de la diferencia, en la organización de colectividades y por tanto en las formas de acción, una acción que se emprende sobre todo a partir de la pretensión de mostrar una distancia con respecto al establishment, a la pulcritud y sentido de obediencia que se intenta establecer en las instituciones.
El tatuaje y el piercing actúan en conjunto, forman una misma categoría y encarnan un mismo proyecto: la de marcar un ethos disidente a partir de la alteración sutil o la pigmentación del cuerpo. Que son fenómenos que se agrupan es algo que se asume cuando observamos que los locales que dan este servicio anuncian ambas cosas como de su competencia. Una diferencia de grado existe sin embargo entre pintarse el cuerpo o perforarlo para colocarse una pieza metálica, pues implican distintos niveles de mutilación o alteración. Sin embargo ambos están inspirados por la misma tópica, la del ritual que pasa por un momento de mortificación para después expiar la culpa colectiva y redimirla después en la identidad marcada que se ostenta. Esta práctica, se asume, habría sido originalmente una forma de ritual propia de los clanes o tótems de las civilizaciones tribales, hoy llamadas primitivas, sin embargo las civilizaciones urbanas lo han retomado como una forma de identidad “desde abajo” para la acción pública. En principio, el tatuaje y el piercing habrían sido retomados con este sentido de reivindicación desde la disidencia por los grupos humanos marginales: los presidiarios, los marineros, las prostitutas, sin embargo su uso se ha generalizado incluso como una moda entre los jóvenes de todas las condiciones. Las imágenes que se generan abarcan desde ideas de alta violencia, escenas eróticas o apelación a mitos y símbolos ,hasta escenas comunes y divertimentos metafóricos.

Para comprender la matriz retórica que organiza esta actividad, que es lo que hace que alrededor de este discurso trazado sobre el cuerpo se genere esa illusio propia de la disidencia simbólica militante (que requiere sobremanera de la visibilidad), es preciso trazar la estructura dramática que le da forma. Phebe Shih Chao, en su artículo “Tatoo and Piercing: Reflections on Mortification” (en Rhetorics of Display, Lawrence J. Pirelli, ed., University of South Carolina Press, 2006) plantea que esta estructura puede entenderse a través de lo que Kenneth Burke, en su “Anatomía de los propósitos” y en su estudio “La conducta humana considerada dramáticamente”, llama “la mortificación”. Burke, plantea Shih Chao, sostiene que la comunicación humana puede entenderse como un drama simbólico, donde los sujetos buscan aliviar culpas y alcanzar la redención. Los símbolos humanos se guían por el principio de jerarquía y del orden. La jerarquía implica niveles de autoridad, e individuos que se ascienden o descienden por entre esos niveles. Los órdenes simbólicos permiten expresar ese dinamismo, que es a menudo moralizado, pues define la compatibilidad o incompatibilidad con las reglas y las jerarquías que se establecen en la vida diaria.


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